El conjunto social al que pertenecemos, como miembros del mundo en el que vivimos, nos brinda las múltiples posibilidades de comportarnos, pensar, reflexionar y actuar dentro de determinados modelos y normas. Dichas normas están enmarcadas ellas mismas por conceptos y dogmas que se quedaron viviendo en nuestros propios imaginarios colectivos como verdades absolutas e irrefutables. De vez en cuando tiene el privilegio una generación de ser testigo de una revolución, en la que el ciclo vuelve y comienza, para que nuevos fundamentos presidan nuestras vidas. Nisbert propone el cambio como, “una sucesión de diferencias en el tiempo en una unidad persistente”[1], siendo esta unidad persistente el espacio, no siendo este el que muta, sino el que permanentemente habitamos dentro de sus propias trasformaciones.
En un mundo como en el que vivimos hoy, en el que todo cambia constantemente sin dejar espacio a la digestión de la situación actual para pasar al siguiente tema, entender razones y consecuencias, para después entenderse uno mismo en medio de este contexto, se hace cada vez mas difícil, ya que el tiempo, a diferencia de lo que puede decir algún físico dedicado, pasa mas rápido e inconstante que en otras épocas. No hay lugar para detenerse un instante y analizar los elementos que nos propone el espacio. Es a partir de esta inquietud social, creativa y sensorial que parte mi necesidad de adentrarme en el mundo de la semiótica. Entendiendo esta como “la ciencia que estudia la vida de los signos en el seno de la vida social” según el lingüista Ferdinand de Saussure, o como la “relación entre el sujeto que conoce y el objeto conocido en búsqueda de la generación de sentido[2]” que es como la define el teórico de la semiológica estructural, Gremais
En un mundo donde la palabra escrita esta siendo, en gran medida, subvalorada, para dar paso a medios más sencillos de descodificación, un escritor puede sentirse frustrado y mudo; abandonado a su propia suerte en medio del caos de su mensaje no leído. Un mundo que se pierde en la desmesura del facilismo que propone lo inmensamente visual y evidente, dejando a un lado la posibilidad de reflexión y análisis sobre la información, permitirse tener ideas propias y distintas una de otras sobre el mismo objeto. Leer mas allá, ver mas allá… reconocer elementos relacionados y ser capaces de hacer uso de la dialéctica, sin ofender la inteligencia de los otros, ni la propia. Desarmarlo todo y observar cada una de sus partes, para luego entenderlas como compuesto de algo más grande. El mismo Eco decía en su libro “La estructura ausente” que “los sistemas de significados se constituyen en estructuras que obedecen a las mismas leyes de las formas significantes”[3].
Entonces, el escritor entiende que incluso aquellos lenguajes, supuestamente facilcitas y evidentes, no lo son tanto, guardan en ellos una serie de signos y códigos que se relacionan directamente con aquel que lo esta observando, sea quien sea el observador. Son lenguajes más asequibles, menos elitistas. Finalmente la cultura es directamente un fenómeno de la comunicación, y es a partir del entendimiento de este concepto, donde se hace mas sencillo dejar de juzgar y ser simplemente observador y en ultimas vividor de esta verdad irrefutable. A cambio de dejar a un lado la frustración que pueden producir los clichés y banalismos de los elementos mas destacados de la cultura contemporánea, se prefiere entenderla desde adentro, desglosando sus partes y tal vez de alguna manera llevar alguno de esos elementos mas allá o mas profundo, desde su base hasta su evolución.
[1] Nisbert, Robert. Cambio Social. El problema del cambio social. Alianza Editorial. P. 12
[2] Greimas, Algirdas. On Meaning: Selected Writings in Semiotic Theory. London: Frances Pinter.
[3] Umberto Eco. La estructura ausente. Editorial Lumen. 1994.
viernes, 25 de septiembre de 2009
martes, 22 de septiembre de 2009
ENCUENTROS I
Mar fue al supermercado por pura necesidad, su nevera estaba vacía hacia una semana y necesitaba alimentarse. El aburrimiento de una caminata nocturna en pleno sábado en la noche no le hacia mucha gracia, pero la soledad de su departamento era aún mas patética. Salió casi en pijamas porque encontró inútil ponerle mas empeño a su aspecto en un día como aquel, y como cualquier otro de las últimas semanas. A la larga, no encontraba merito a un poco de fachada a lo que, para ella, ya estaba dañado por dentro. La monotonía de los días vacíos, de aquellas temporadas ausentes de cualquier tipo de sentimiento o sensación invadían su cotidianidad, las horas pasaban con una velocidad inconstante en el reloj de pared de su alcoba, mientras ella debajo de sus cobijas veía las agujas girar y girar, absorta e inmóvil, perdida entre el entendimiento de la profundidad del espacio y la calidad del aire que creía respirar.
La luz blanca y poderosa del super, que podía ver desde un par de cuadras antes, le llegó como caída del cielo, ¿que mejor lugar para divagar que el callejón de las latas de sopa? Tomo un carrito y con la cara absurdamente neutra, caminó lentamente comenzando por las verduras.
Mientras Tomás preparaba los últimos detalles para la velada de aquella noche, descubrió con horror que había olvidado comprar casi la mitad de los ingredientes de la cena. Era noche de conquista y había trabajado mucho a esa nena para que por un descuido pasajero, no pudiera preparar el único plato que sabia cocinar. Faltaba un poco menos de media hora para que llegara, así que agarró la billetera y salió con prisa. “Siendo sábado en la noche no podía estar muy lleno el super” pensó. Mientras caminaba, se concentró para recordar un par de razones lógicas que lo hicieran sentir emoción o por lo menos deseo de su próximo encuentro, pero dentro de si solo encontraba apatía. Ella no era nada de lo que el buscaba, pero era la que todos los demás querían.
Entro al Super, tomó una canasta y se dirigió la sección de pastas.
Mar recordó su amor por los olores cuando llegó a las frutas, nadó entre los duraznos escogiendo los mejores, los llevaba a su cara y los olía profundadamente mientras, con los ojos cerrados, se dejaba transportar a algún día de verano. A unos pocos metros, mientras Tomás recordaba la diferencia entre tallarín y espagueti, como por reflejo volteó un par de minutos la mirada buscando la presencia de alguna amable señora que lo sacara de su duda, pero en cambio, descubrió la absurda escena que lo sacó momentáneamente de su irrelevante dilema. Una pelirroja despeinada, en pantuflas de colores y saco de invierno, extasiada entre las frutas como si fuera lo más hermoso que hubiera visto en su vida. Sonrió solo y sin complicidad evidente, la observó con cara de niño y quiso ser ella, tan poco aferrada a la opinión del mundo alrededor suyo, tan inmersa en el suyo propio, capaz de todo… capaz simplemente. Entonces Mar terminó de escoger sus duraznos y continúo su recorrido. Tomas volvió a lo suyo desconcertado y se decidió por los tallarines.
Ambos caminaron un par de minutos conversando atentamente con sus propios pensamientos, absortos por los colores de las repisas. “Que vendrá después”… “Que sentido tiene…” “Será lo mejor…” “Habrá algo mejor…” “Será siempre así…” “Acabara pronto”.
Mar terminó con las verduras y le dio un poco de pereza continuar con lo demás, así que decidió pasear con su carro por todos los pasillos, muy lentamente, viendo por encima sin ningún punto en particular. Mirando entre los espacio de los pasillos paralelos con los ojos entre cerrados tratando de enfocar, freno de repente cuando encontró algo que no estaba buscando. Sonrió maliciosamente como hacia mucho tiempo no lo hacia y su instinto sugerente retorno como en aquellas épocas que tenia olvidadas. Lo pensó un par de segundos y corrió por los pasillos buscando ayuda para su aspecto. Frente a un espejo se soltó su largo cabello rojo, se quitó el viejo saco gris y se burló un poco de su descuido. No, no tenia arreglo, pero no le importó. Corrió de vuelta y lo buscó por todos lados, pero no lo encontró. Había desaparecido. Tal vez se lo había imaginado en su afán de relevancia. Decepcionada, decidió volver a casa a seguir hundiéndose en la espesa nostalgia depresiva en la que se había convertido su vida. Llegó a la caja y empezó a hacer la fila.
Tomás estaba a punto de arrepentirse de sus planes nocturnos, seguía sin encontrar razones y el fastidio de aguantarse a alguien tantas horas sin tener nada en común lo tenia incómodo. De cualquier, manera tomó todo lo que tenia en su lista y camino mirando al piso hacia la caja. Era solo una noche, era solo una nena.
Un olor a vainilla lo hizo levantar la mirada y gratamente sorprendido, encontró frente a él a la pelirroja graciosa de las frutas, se había soltado el cabello, era de ahí de donde se desprendía aquel aroma infantil pero cargado de sensualidad que le quitó la tranquilidad. Quiso lamerla un poco, pero se contuvo sin esfuerzo, para hacerlo en su imaginación. La miró fijamente buscando su atención, sus ojos miel en los suyos, su cuello largo doblado exquisitamente hacia su lado, sus labios húmedos regalándoles una sonrisa. No lo consiguió, entonces fue más invasivo. Adelantó el brazo y rozando sutilmente su mano, tomó un chocolate del mostrador… fue en ese preciso instante que sus miradas se cruzaron. Tomás y Mar se respiraron encima, como premeditando un beso que nunca se darían. El pequeño instante que sintieron eterno, pasó tan lento como rápido, como las agujas del reloj de pared, como los pensamientos perniciosos, como las ganas de que todo fuera diferente, para encontrar finalmente que todo es igual.
Ella regresó la cabeza con el corazón desbordado, tratando de poner cara de normalidad, si es que eso existía. El pensó en mil formas de comenzar a hablarle, las ensayó mentalmente mientras pasaban las dos personas que estaban antes de ellos. Incluso, cuando ella ya estaba pagando, seguía con el impulso en los labios y en las manos. Mar lo estaba esperando. Tomó sus bolsas y lo miró por ultima vez pidiéndole sin hacerlo que le diera una señal, que le diera una sonrisa implicada, una palabra de invitación, un gesto que la incitara a ser loca y dejar de pensar. Pero no lo encontró, por lo menos no dentro de sus propios códigos. Así que finalmente se dio vuelta y mientras el comenzaba a pasar sus cosas en la caja, ella caminó lentamente hacia la puerta. Cuando finalmente salió, recobró su velocidad normal y con cada paso fue olvidando el episodio. Pensó en ella y se sintió mas tranquila, como liberada, era hora de salir de la nube negra.
Tomas pagó lo mas rápido que pudo y corrió hacia la puerta, salio súbitamente esperando encontrarla parada en alguna esquina, pero no fue así. De camino a casa lamento su cobardía. Cabeceo volviendo a la realidad, su nena estaba por llegar.
La luz blanca y poderosa del super, que podía ver desde un par de cuadras antes, le llegó como caída del cielo, ¿que mejor lugar para divagar que el callejón de las latas de sopa? Tomo un carrito y con la cara absurdamente neutra, caminó lentamente comenzando por las verduras.
Mientras Tomás preparaba los últimos detalles para la velada de aquella noche, descubrió con horror que había olvidado comprar casi la mitad de los ingredientes de la cena. Era noche de conquista y había trabajado mucho a esa nena para que por un descuido pasajero, no pudiera preparar el único plato que sabia cocinar. Faltaba un poco menos de media hora para que llegara, así que agarró la billetera y salió con prisa. “Siendo sábado en la noche no podía estar muy lleno el super” pensó. Mientras caminaba, se concentró para recordar un par de razones lógicas que lo hicieran sentir emoción o por lo menos deseo de su próximo encuentro, pero dentro de si solo encontraba apatía. Ella no era nada de lo que el buscaba, pero era la que todos los demás querían.
Entro al Super, tomó una canasta y se dirigió la sección de pastas.
Mar recordó su amor por los olores cuando llegó a las frutas, nadó entre los duraznos escogiendo los mejores, los llevaba a su cara y los olía profundadamente mientras, con los ojos cerrados, se dejaba transportar a algún día de verano. A unos pocos metros, mientras Tomás recordaba la diferencia entre tallarín y espagueti, como por reflejo volteó un par de minutos la mirada buscando la presencia de alguna amable señora que lo sacara de su duda, pero en cambio, descubrió la absurda escena que lo sacó momentáneamente de su irrelevante dilema. Una pelirroja despeinada, en pantuflas de colores y saco de invierno, extasiada entre las frutas como si fuera lo más hermoso que hubiera visto en su vida. Sonrió solo y sin complicidad evidente, la observó con cara de niño y quiso ser ella, tan poco aferrada a la opinión del mundo alrededor suyo, tan inmersa en el suyo propio, capaz de todo… capaz simplemente. Entonces Mar terminó de escoger sus duraznos y continúo su recorrido. Tomas volvió a lo suyo desconcertado y se decidió por los tallarines.
Ambos caminaron un par de minutos conversando atentamente con sus propios pensamientos, absortos por los colores de las repisas. “Que vendrá después”… “Que sentido tiene…” “Será lo mejor…” “Habrá algo mejor…” “Será siempre así…” “Acabara pronto”.
Mar terminó con las verduras y le dio un poco de pereza continuar con lo demás, así que decidió pasear con su carro por todos los pasillos, muy lentamente, viendo por encima sin ningún punto en particular. Mirando entre los espacio de los pasillos paralelos con los ojos entre cerrados tratando de enfocar, freno de repente cuando encontró algo que no estaba buscando. Sonrió maliciosamente como hacia mucho tiempo no lo hacia y su instinto sugerente retorno como en aquellas épocas que tenia olvidadas. Lo pensó un par de segundos y corrió por los pasillos buscando ayuda para su aspecto. Frente a un espejo se soltó su largo cabello rojo, se quitó el viejo saco gris y se burló un poco de su descuido. No, no tenia arreglo, pero no le importó. Corrió de vuelta y lo buscó por todos lados, pero no lo encontró. Había desaparecido. Tal vez se lo había imaginado en su afán de relevancia. Decepcionada, decidió volver a casa a seguir hundiéndose en la espesa nostalgia depresiva en la que se había convertido su vida. Llegó a la caja y empezó a hacer la fila.
Tomás estaba a punto de arrepentirse de sus planes nocturnos, seguía sin encontrar razones y el fastidio de aguantarse a alguien tantas horas sin tener nada en común lo tenia incómodo. De cualquier, manera tomó todo lo que tenia en su lista y camino mirando al piso hacia la caja. Era solo una noche, era solo una nena.
Un olor a vainilla lo hizo levantar la mirada y gratamente sorprendido, encontró frente a él a la pelirroja graciosa de las frutas, se había soltado el cabello, era de ahí de donde se desprendía aquel aroma infantil pero cargado de sensualidad que le quitó la tranquilidad. Quiso lamerla un poco, pero se contuvo sin esfuerzo, para hacerlo en su imaginación. La miró fijamente buscando su atención, sus ojos miel en los suyos, su cuello largo doblado exquisitamente hacia su lado, sus labios húmedos regalándoles una sonrisa. No lo consiguió, entonces fue más invasivo. Adelantó el brazo y rozando sutilmente su mano, tomó un chocolate del mostrador… fue en ese preciso instante que sus miradas se cruzaron. Tomás y Mar se respiraron encima, como premeditando un beso que nunca se darían. El pequeño instante que sintieron eterno, pasó tan lento como rápido, como las agujas del reloj de pared, como los pensamientos perniciosos, como las ganas de que todo fuera diferente, para encontrar finalmente que todo es igual.
Ella regresó la cabeza con el corazón desbordado, tratando de poner cara de normalidad, si es que eso existía. El pensó en mil formas de comenzar a hablarle, las ensayó mentalmente mientras pasaban las dos personas que estaban antes de ellos. Incluso, cuando ella ya estaba pagando, seguía con el impulso en los labios y en las manos. Mar lo estaba esperando. Tomó sus bolsas y lo miró por ultima vez pidiéndole sin hacerlo que le diera una señal, que le diera una sonrisa implicada, una palabra de invitación, un gesto que la incitara a ser loca y dejar de pensar. Pero no lo encontró, por lo menos no dentro de sus propios códigos. Así que finalmente se dio vuelta y mientras el comenzaba a pasar sus cosas en la caja, ella caminó lentamente hacia la puerta. Cuando finalmente salió, recobró su velocidad normal y con cada paso fue olvidando el episodio. Pensó en ella y se sintió mas tranquila, como liberada, era hora de salir de la nube negra.
Tomas pagó lo mas rápido que pudo y corrió hacia la puerta, salio súbitamente esperando encontrarla parada en alguna esquina, pero no fue así. De camino a casa lamento su cobardía. Cabeceo volviendo a la realidad, su nena estaba por llegar.
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"Muchas pueden ser las patrias de un escritor, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura -dijo, en voz alta, en su discurso de agradecimiento por el premio Rómulo Gallegos a Los detectives salvajes -. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso."
Bolaño
Bolaño
domingo, 6 de septiembre de 2009
AQUI...
El sol esta encendido, es una mañana acalorada en la ciudad del frío, donde la piel se esconde detrás de la inhóspita vestimenta que combina con el color del humo desprendido por las calles. Nubes negras que se desvanecen, a veces sin haber sido apreciadas en su propia belleza.
La ciudad, construida a imagen y semejanza de alguna vieja referencia de aquellos que llegaron sin historia asociada a la tierra. Pobres escépticos hasta de su propia existencia, que ignoraron el mensaje de amor y comunión que este mismo sol, que seduce hoy la salida, les susurraba a sus oídos sordos en las playas azules que los cegaron de asombro.
Esta, creció adolescente y confundida entre el significado del ser y la propia identidad. Inocente e ingenua como aquellos que la poblaban entonces y los que la siguen poblando hoy, prefirió pensar sin riesgos en lo que le funcionó a los otros, caminar por campo seguro.
Los árboles danzan al ritmo de la inestable brisa, abren camino y se recuerda al mar, que a lo lejos llama suplicante la visita atenta de un observador sosegado, de un amante perdido, de un cauteloso pensador, de ti y de mi juntos… todo, desde antes que reventara la primera ola, desde antes que existiera el te amo, los abrazos que encajan, las risas que lloran o el chocolate caliente con cigarrillo.
El ambiente se inflama hasta estallar la burbuja y los ojos se abren para descubrir que el olor a sal es solo un recuerdo. En cambio, la incansable montaña se precipita inconstante en el oriente, anunciando la hora, anunciando el espacio, anunciando el presente. “Estas aquí, son las 4.25 pm de un día de sol, es Bogotá, estas viva… eres feliz”. Sonrisa, seguir caminando por la larga calle que atraviesa la ciudad, esa que por partes tiene las líneas desdibujadas y permite pensar, por algunos segundos de delirios, que somos verdaderamente libres para caminar por donde queramos.
La velocidad excedida de un taxi vuela mi cabello expuesto al sol como una bandera recién izada, los sentidos se agudizan y se regresa al estado de alerta, estado de caza si es posible. En este lugar, el que no pierde es porque se le gano a otro.
Es así como decido seguir mi camino, aquí, ahora, yo con los ojos bien abiertos… entonces, cruzo la calle. Llego.
lunes, 24 de agosto de 2009
HABIA UNA VEZ...
Había una vez una burbuja que nació de un largo suspiro y se quedo suspendida en el aire por una eternidad finita que término antes de que empezara, fue como hacer magia.
Creo que si hubiera pensado, si alguna vez hubiera sido, hubiera dicho: “Soy persona”. Pero en cambio se diluyo en mi lengua y me supo a agua. Al principio me dio frío, pero después decidí olvidarlo. Fue una linda experiencia, una linda sensación… linda como aquella vez que decidí escribir una historia sin final, y es por eso que solo yo la leo y decido cuando comienzo.
CAPITULO 423: Cosquillas…
El ladrón del antifaz se reía con los ojos cerrados, se deslizaba por los pasillos vacíos de las vaporosas noches de verano para robarse las luces navideñas. Su maravilloso plan estaba dando resultado, y pronto podría conquistar el mundo. Nunca nadie lo sospecho, era una ecuación perfecta.... pero no la voy a revelar.
CAPITULO 45: Frutillas con crema
El día de la fiesta se sentó en el sillón en medio de Minervina, la petiza pelirroja que hacia bombones para su perro, y María Dolores, su tía abuela. Estaba resfriado y por eso no pudo disfrutar del rico perfume de ella, la que lo miraba de lejos. Tímida e impaciente.
Tenia días haciendo un retrato perfecto con las acuarelas de su madre sobre aquel sueño que lo hacia despertar vibrando, sudando. Sabia que era un llamado de su consciencia, sabia que el sueño le relataba la historia de su vida, que hablaba de la semilla, que hacia brotar la planta, que luego daría el fruto, un comienzo…. Después todo se tornaba rosa escarlata, como los rizos de Minervina, como las frutillas con crema de esa chica que lo miraba de lejos... que linda chica, que lindos ojos… Sin embargo, siguió sentado en el sillón pensando en el sueño, en su destino.
En mi historieta todos los personajes son como yo quiero que sean, yo los creo, nacen de un soplo, de un suspiro y se quedan suspendidos en el tiempo infinito, que empieza, pero nunca termina.
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sábado, 15 de agosto de 2009
Instrucciones para llorar (Cortazar)
Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
Julio Cortázar
http://www.juliocortazar.com.ar/
Julio Cortázar
http://www.juliocortazar.com.ar/
domingo, 9 de agosto de 2009
cuando ya no estás
La neblina inunda las montañas en el horizonte incierto de esta ciudad colmada de ruidos que amanecen los oídos de los pequeños ciudadanos, de las raras multitudes llenas de dudosos destinos. Hacemos parte de eso ciertamente, queremos creer mejor que somos especiales, o tal vez diferente en nuestras propias formas. Si, lo somos realmente, pero somos el todo y la nada, la nada que subyace y el tiempo que pasa lento o rápido, según lo cotidiano de la continuidad redundante que rodea el espacio.
Comienza el día entonces con un suspiro profundo y retenido que esperamos que dure para siempre, porque es gratificante sentirse vivo por primera vez en esta vida. Morimos cada noche, renacemos cada día, llenos de esperanzas que se van disipando con los aconteceres permanentes que mitigan nuestros sueños.
Fue en uno de esos días en los que el suspiro se hace más extenso, que te conocí, la vivacidad ahondaba hacia lo más profundo de mí ser y fui capaz de todo. Fue así como me acerque a tu vitrina, iluminada y misteriosa, siempre sabiendo que tal vez en lo profundo la luz no había llegado, pero me sentí capaz de llenarla de la mía propia. Esa aun estaba débil, pero estaba viva. Hoy solo pienso que debí dejar mi llama encendida mucho mas tiempo, llenarla de fuerzas antes de siquiera querer compartirla, saturarla de momentos, experiencias, dolores… ponerla a prueba ante mi, antes de ponerla a prueba ante el poder de cualquier otro. Pero eso ya pasó, vuelvo al punto entonces donde el tiempo sigue pasando y no hay vuelta atrás. La tierra sigue girando y el sol sale y desaparece en el horizonte desde antes que yo existiera e incluso hasta después, cuando ya no esté. No quisiera hacerte daño, ni derribar tus estructuras, pero querido mío, también seguirá pasando incluso cuando tu ya no estés.
Hoy para mí ya no estás, y puedo decir con conocimiento de causa que todo ha seguido pasando, sino tal vez estas palabras no estarían saliendo mientras sonrío incoherente ante lo superfluo del entorno. Entonces recuerdo cuando ya no estuve para muchos y pensé, y sigo pensando muy ingenuamente, que sus vidas se detuvieron, o mejor aún, se quedaron suspendidas en el tiempo eterno de aquellos instantes en los que yo pertenecía. Pertenecer, ese es el dilema. Justo o indeterminado, todo sigue pasando y aunque a veces quisiéramos que todo se detuviera para volver a respirar profundo antes de seguir, eso es solo posible en nuestros hostiles imaginarios, en el paralelismo de nuestras creaciones. No juguemos a la piedad, no hay nada más importante para cada uno que lo propio, entonces te considero justo, porque hiciste lo que debías hacer.
El día sigue pasando y la música acompaña nuestros pensamientos, alguna vez dijiste que esta nos haría libres y te creí, es evidencia de que aun sigues en mí, tu recuerdo me acompaña con el café caliente de la mañana. Mientras tarareo melancólica todas aquellas melodías que me recuerdan a ti, también te dejo ir con cada nota. Es así como comprendo lo que querías decir, con cada segundo que ha pasado desde que te fuiste, con cada palabra dicha, arrepentida, sostenida, arrastrada, mentirosa y engañada, te has ido lentamente y ahora solo quedamos yo y mi café. En este momento, claro, no se que será del próximo.
El primer cigarro de la mañana, las luces se hacen más claras y la música mas estridente. Felicidad, anoche fue una buena noche. Subjetividad absoluta, porque es seguro que si me asomo a la ventana y veo la calle, entre la gente que deambula abrumada por sus propios asuntos, pueda leer en la mirada perdida de algún transeúnte los ojos tristes que caracterizaban los míos hace algunos días. Podría sentir pena por ese, o tal vez no, tal vez me sienta empática y abrace su momento como el mío propio, entonces me sentiré feliz de que hay vida en este mundo y ya no estoy soñando sino viviendo intensamente, rodeada de la sobriedad de lo real y no embriagada entre el engañoso deseo de la añoranza. Añorar, entre la batería hueca y deteriorada de algún músico decadente que cortaría sus venas para hacerse un espacio en el mundo consciente de todos aquellos que no les importa un bledo su sangre, pero que aman tener algo en lo que ocupar su tiempo, ignorantes de la profundidad de sus propias historias.
Patética es la existencia desconocida, pero mas patético es que no haya nada dentro de uno mismo, que no existimos mas allá del otro, no saber que interiormente existe un mundo coloreado por nuestros propios colores, los colores que de niños pintaban los paisajes que se posaban ante nuestros ojos; mar, pájaros, tierra, casas, chimeneas humeantes, nubes abultadas, calles, madres amorosas, peces, olas, estrellas, soles… anecdóticamente somos protagonistas, irreverentemente somos personajes.
Cansada de la bulla huyes por instantes y la música desaparece del escenario actual, entonces me dispongo a continuar con lo próximo. Me he preguntado millones de veces cuando va a ser el momento en el que como por arte de magia, desapareces. Magia, alguna vez me dijiste que éramos magos, que éramos magos juntos cuando hacíamos mágicos los momentos. Después te arrepentiste y dijiste que ya no había magia, que todo era concreto. Momentos, primero fue uno, después fue el siguiente y siguieron pasando, recapacitando sobre las palabras dichas, recayendo sobre los viejos clichés del amor romántico de telenovelas latinas que nos llenaron de estándares creativos basados en la pareja perfecta, en la otra mitad. No necesitamos otras mitades, la magia era entonces compartir nuestra plenitud, nuestras partes completas. Es como esta manzana que tengo en la mano. Primero fue semilla, luego un árbol que le dio sombra a algún pensador desadaptado, luego madre perfecta de la fruta prohibida, la que hoy me alimenta mientras me pierdo en filosofías arcaicas de un catolicismo retrogrado y obtuso. Completa, es una… somos manzanas todos y si quieres la fruta que quieras, finalmente el punto es que eres integralmente tu, integralmente tuyo, integralmente el todo. Yo también mía, pero algunas veces tuya, y para no hacerlo dramático, nuestra. Enredo paranoico de sentirse frágil y derretirse en las manos de otro, deshojar una flor y que solo quede el tallo desnudo, o incluso peor, perder el anhelo siempre mudo de tomar decisiones propias y absolutas que nos hagan responsables de nuestro propio destino.
La tarde es magnética y sospechosa, aun cuando no hay señales claras de algún encuentro siempre esperado, me siento acompañada y me permito seguir andando sola. Soledad, deseo permanente de envolverse en los recuerdos lejanos de quien extraña y sufre. No se trata de timar el concepto, pero no es precisamente eso lo que envuelve esta soledad tan particular. En cambio se acerca más a la necesidad de búsqueda de conceptos propios que se hacen imposibles de definir en compañía de algún otro.
Captamos de esta forma el mensaje divino de vivir completamente encerrados en nuestros cuerpos, la unidad perfecta que rige nuestra permanencia en este plano vivencial. Cuando ya no estés, ya no estarás, el momento llegara inevitablemente aunque soñemos juntos con todo aquello que solo es posible en la presencia del otro, pero al final de esta historia que aun no termina, de mi historia, yo seguiré estando eternamente. Ese entonces se convertiría en mi único para siempre.
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