lunes, 17 de febrero de 2014

La muerte del chico Tobón

En la sala donde me atienden hay una mesa de madera sobre la que hay una vela verde encendida y un vaso lleno de agua. El calor intenso del sol de mediodía y la tierra que se eleva del piso hacen que el sudor sea espeso y el aire irrespirable. Acerco mi mano al vaso para tomarme el agua y Jessica Tobón me frena con su delgado brazo trigueño. “Esa agua es para Luis Carlos”, dice. Sus grandes ojos negros miran cansados al piso y yo recuerdo donde estoy, a Luis Carlos lo mataron hace 6 días.
La familia Tobón llegó al barrio Nelson Mandela en 2009, al finalizar un éxodo por diferentes ciudades de la Costa Caribe. Fueron desplazados de su tierra en Santa Rosa al sur de Bolívar en 2006. Salieron huyendo de los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército, que para ese entonces había fortalecido las acciones en los Montes de María para recuperar la soberanía sobre esas tierras.
Cuando llegaron al barrio, construyeron una casa de madera sobre el suelo pelado en un pequeño terreno que pertenecía a un pariente. Montaron un taller y lavadero de carros, con el cual consiguieron el sustento para terminar de criar a los 4 hijos de José Hipólito, de los cuales, Luis Carlos era el menor y el único varón. El consentido.
Luis Carlos Tobón era guapo y muy masculino. Tenía una combinación de rasgos de su padre, oriundo de Risaralda, y de su madre, cartagenera de raza negra. No sabía leer y sólo era capaz de escribir su nombre, nunca le interesó aprender nada más. No le gustaba estudiar, prefería trabajar y hacer dinero. Desde niño se acostumbró a trabajar en la tierra con su familia y cuando llegó al barrio se convirtió  en mototaxista, con una moto que le compró su padre a tantas cuotas que hoy, 5 años después, sigue pagando.
Nelson Mandela es un barrio que nació como una invasión hace 20 años y fue creciendo progresivamente con la llegada de más y más desplazados que entraban a Cartagena por la carretera que va a Medellín, la cual colinda con el barrio.
En sus comienzos, era un asentamiento de casas hechas con bolsas plásticas y palos. Con el pasar del tiempo y varias etapas de transformación, que incluyen mafia por la electricidad, apoderamiento de espacios y construcción de jerarquías de gobernabilidad, entre otros, se ha convertido en una ciudadela de aproximadamente 40 mil habitantes dividida en 25 sectores, según cifras del Midas (Plataforma de la Alcaldía de Cartagena que agrupa cifras oficiales de la ciudad).  En Nelson Mandela todos han perdido algo: ya sea su casa, su dinero, su trabajo o incluso han tenido un familiar víctima de la violencia.
Los Tobón viven en el sector Francisco de Paula II, que queda al lado del sector Las Vegas y que termina justo en la entrada a la Invasión, uno de los sectores más miserables del barrio. Justo en ese lugar, haciendo su turno con la moto a las 4.30 de la mañana del 29 de enero, mataron a Luis Carlos.
José Hipólito, el padre de Luis Carlos, es un hombre blanco, con la piel dura y marrón por la exposición al sol, la tierra y la grasa de los carros que arregla. Está en sus sesenta pero parece mucho mayor: tiene una caja de dientes descolgada de la encía y la nariz desfigurada por un puño que le dio un borracho.
Estaba en casa cuando recibió la llamada de una de sus hijas, ya había salido el sol y corrió a buscar su hijo. Lo encontró desparramado sobre una mesa con dos tiros, ya sin vida. Por la forma como lo narra, pareciera que aún sintiera el cuerpo frío de su hijo en los brazos. Luis Carlos estaba rodeado de policías y vecinos que aseguraban no haber visto nada y luego ya todo terminó. Un velorio, un entierro y se acabó la novedad. O más bien, nunca fue una novedad.
Aunque no hay cifras exactas, se estima que en Nelson Mandela operan 11 pandillas que, según la percepción de los habitantes del barrio, muchas veces se disputan la autoridad con la Policía, haciendo su propia ley.
Me contó Rafa, un vecino del barrio, que hace algunas semanas había estado muy cerca de un asesinato, por lo cual pudo acercarse rápidamente una vez se fueron los asesinos. Cuando llegó, ya la policía estaba ahí, con su patrulla estacionada y rodeada de varios habitantes. La víctima seguía convulsionando en el piso mientras la policía hacía el papeleo de rutina para el levantamiento del cadáver. 
“Monten a ese pelao a la patrulla y llévenlo a un hospital”, dijo Rafa. A lo cual, según recuerda Rafa, el policía contestó: “Para qué nos vamos a llevar eso, si ya eso está muerto”.
Para Rafa, varios de los niños que observaban la escena, más adelante pueden llegar a convertirse en el trágico protagonista de un hecho similar. Todos crecen siendo testigos de la indolencia y la impunidad, por lo cual terminan convirtiéndose en el cuerpo al que todos miran.
***
Luis Carlos siempre le pedía a Jessica que se arreglara como sus otras dos hermanas, pero a Jessica no le gustaba, ella prefería la sencillez, su pelo negro recogido, aretes pequeños y zapatos bajitos. Luis la hizo comprar unos tacones grandes que nunca se ponía porque le parecían incómodos.
El martes 28 de enero, día antes de su muerte, Luis Carlos la llevó a hacer una diligencia en el Sao. Como Jessica sabía que a su hermano le gustaba verla con esos zapatos y no tenía que caminar tanto porque iban en moto, se los puso para complacerlo. Cuando se bajaron, Jessica empezó a caminar y se sintió caminando sola. Entonces miró atrás y se encontró con su hermano viéndola con admiración. “¡Luis Carlos!” le gritó sonriendo y caminó hacia él para apoyarse en su hombro, le costaba maniobrar sobre esos zapatos.
Esa mirada… esa fue la última que tuvo Jessica de su hermano. Luego vino la muerte y luego viene el olvido. 

Texto publicado el 16 de febrero de 2014 en El Universal de Cartagena
http://www.eluniversal.com.co/suplementos/dominical/la-muerte-del-chico-tobon-151558

viernes, 20 de septiembre de 2013

Walking in line

IV

La cárcel


“¿Qué es lo quieres? 
Vengo a que liberen a todos” 

Juan Pablo, 11 años. El limonar, Medellín (septiembre 20 de 2013)

Cuando te conocí, Tina no era parte de mi vida. Te conocí por casualidad en una noche oscura en la que intenté irme a dormir sobria. Fracasé. En aquellos días Buenos Aires apenas me recibía, no sabia como reaccionar a la excesiva atención de los hombres en la calle, al mal genio de los taxistas y los kiosqueros, ni a la neurosis común entre los porteños. Pero ahí estabas tú, en aquella fiesta a la que llegué temprano llevada por amigos de amigos que me sacaron por compromiso y de los que supe poco después.
En esos años, la ciudad se veía bella. Me parecía francesa, me parecía italiana, me parecía española. Hoy, 5 años después, me parece sudaca, como tú y como yo.

“Querido Manuel, que no me vayan a haber dejado sola y la única reclusa sea yo” te dije esa noche en la que rompí mas de una promesa, citando alguna frase que le escuché a Sergio Ramírez, aquel escritor nicaragüense. Tú no entendiste nada, entiendes poco… realmente, no te quiero por entenderme. El asunto es que contigo cambié de cárcel y entonces los reclusos, ahora, éramos dos.

Argentina era en aquellos años un país previo a Cristina, había un cierto aire de recuperación, había esperanza y habían dólares para gastar en Florida, el Alto Palermo o en la Santa Fe. Yo llegué esperanzada porque quería creer en algo y tú por tu parte necesitabas que alguien creyera en ti, fuimos perfectos desde el primer día.

Las ventanas sudan, ¿lo ves? Las gotas caen por los vidrios, no me dejan ver la ciudad. Güemes parece tranquila y se que es por los 45 grados que hacen afuera, nadie quiere andar por ahí, bajo el sol radioactivo de este verano sureño.

Lo que trato de explicarte – antes que desesperes – es que no estoy contigo por ella, sino por mi, pero por ti llegué a ella y entonces, en ese momento, te volviste secundario.

El marco de madera blanco de la ventana suda conmigo y veo como se derrite la pintura. Siento que la idea de ti se derrite también.

Has cambiado de cara con los años, has sido uno y luego otro. Tu cabello oscuro y ondulado, tu mentón quebrado, tus cejas fuertes, tu boca… tu boca. Tus ojos tristes, a veces verdes, a veces indescifrables, me han visto cambiar también.

Hemos aprendido en esta celda,  en la que vivimos voluntariamente, que lo más peligroso son las fronteras invisibles, pasar los limites podría hacernos perder la vida y en el peor de los casos, no morir.  Ya hay un muerto entre nosotros y apenas hoy lo sabes. Tina murió pensando en tu cara, esa que probablemente no es la misma que veo hoy.


Dime, Manuel. Dime si le llevamos flores y lloramos en su tumba, dime si quieres ser libre ahora. Dime si hemos amado algún día, no a nosotros sino a la vida. Dime algo o mejor no digas nada. Quédate o vete, pero antes de hacerlo, baja la temperatura, sigo teniendo calor y quiero dormir un rato.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Walking in line

III

La playa


La arena es blanca, blanca es la arena y nuestros ojos enfurecidos miran el mar, sus aguas azul clarito que se van convirtiendo en el negro de lo lejano, de la distancia, del olvido, de los calamares gigantes que viven en lo profundo.
Te he oído rezar descalza, rezar dormida. Pedirle a la lluvia que te deje morir tranquila. Es tu esperanza y he decidido respetarlo, pero Tina, estar aquí contigo no es el fin en lo absoluto. Si Dios no ha escuchado tus rezos, tampoco ha escuchado mis puntos. He decidido no morir en esta isla verde hoja, donde la arena es blanca, tu piel es seca y mi boca es mansa.

He soñado contigo de nuevo Tina, en mi cama otoñal de día corre el sol y de noche tus sueños. Las sabanas azules marchitas como las hojas antes del invierno, las almohadas frías y ausentes de vida miran directo a la ventana que muestra un cielo inerte. Quisiera no despertar querida, pero la vida en sueños es solo un libro que no conocía el capitalismo.

Quisiera pensar que a veces soy como China, que me podría encerrar en mi y solo abrirme ante el cambio de lo que hay adentro y que un nuevo orden gobierne la voluntad de mis acciones, pero luego me descubro pequeña, me descubro pobre y me descubro persona, entonces abro los ojos para también descubrirme volando en un pequeño avión francés rumbo a alguna selva del Pacífico.

Vuelo en una nube y te recuerdo hermosa, con tu pollera blanca de verano en las costas grises de Uruguay, Costa Azul te abraza y mi bicicleta hace círculos sobre el pavimento caliente, solo para seguir detrás tuyo y verte así, sonriente. El sol en tu cara, tu pelo, la brisa, la arena blanca, las cercas maderadas, tu aliento vivo y en mi Ipod suena Dexy’s Midnight Runners y por su puesto, yo se que tu eres Eileen, querida Tina.

Abro los ojos de nuevo y es un día de lluvia fuera del sueño.

Han cambiado tantas cosas desde que no existes. Ya no vivo en el Sur, ya no vivo escribiendo, ya no tengo curiosidad y a veces pienso que he perdido el deseo.

Un día me contaste, entre vinos, que cuando niña querías un Pony y tu padre te regalo un caballo para complacerte y por supuesto, con la esperanza de que algún día tuvieras un recuerdo mágico de infancia. Maní era dorado y solo respondía a ti, pero el asunto es que te sentiste frustrada cuando Maní creció y descubriste que no era un pony. Me dijiste ese día que la vida no es fácil, que la vida es una trenza de deseos insatisfechos y solo seguimos vivos por la ilusión de verlos realizados.

¿Que pasa entonces si ya no deseo? Pues me duermo, vuelo al mar, a la playa blanca donde nunca estuvimos. Vuelo a la nevada en la que nos conocimos y a veces vuelvo a Manuel, le hablo al oído, me meto en su cama y lo amo por las dos.

martes, 3 de julio de 2012

Walking in line

II

El río

Vamos a pasar el día en el rio.  Quiero ver el agua acariciar las piedras, el silencio acariciar el frío.

Vamos a pasar el día en el rio. Y que no necesite otra razón, ni la absoluta necesidad de una promesa. Mañana puede ser el mar, siempre que sea contigo.

En el sur se habla bajito sobre incertidumbres, en medio de montañas nubladas y tierra húmeda. No he venido aquí a morir (me repito), sino a parir y es por eso que quiero ir al rio. Quiero ver como todo cambia, como nada nunca es igual. Como el sol transparenta hasta el fondo de las más densas profundidades y la lluvia enturbia en marrones la vida misma en el más allá.

Cuando era niña me contaba historias y me gustaba creerlas. Me contaba que mi casa iba a ser atendida por “trolles” a los que les cambiaba el color del pelo, fucsia, morado o naranja, dependiendo del traje de baño del día. Me contaba que pasaría el día entero en una playa enorme que se abría frente a mi cuarto y un mar azul como el de San Andrés seria lo último que vería todos los días, así podía jugar con mis barbies, estar en la playa y quedarme dormida, todo en el mismo lugar.

No recuerdo que pensaba del amor en esos años, pero hoy se de este que probablemente habita en el rio, ese al que hoy quiero ir.  Quiero que sean las 5.30 de la tarde y que la luz que refleja el agua ilumine tu cara y entonces quiera besarte… besarte tanto como quería a mis trolles. Besarte así, como si fuera el último día del año y tal vez el último de nuestras vidas. Con la luz de las 5.30 todo parece una posibilidad.

Los años han pasado y ya el mar no es mi constante… yo me convertí en la única que hay. Por eso, me gustan los sábados en la mañana cuando no he trasnochado el viernes, duermo hasta que me levante y puedo desayunar pancakes con huevos y salchichas. La felicidad se ha vuelto más sencilla.

Luego, puedo volver a la cama y dar vueltas en las cobijas con las cortinas abiertas, aunque esté lloviendo. El sonido de motores y tanques rodando por el suelo se ha convertido con los años, en parte del paisaje que me acompaña en silencio.

A veces y solo a veces, me acompañas tú y jugamos a hacer el amor y darnos besos como si nada existiera y eso fuera todo lo hay. Me abrazas como una almohada y nos amamos pequeños en este universo infinito. El mundo ha llegado a hacer apacible entre tus brazos.

Por eso, quiero que vengas conmigo al rio, a pasar el día, a cambiar la historia, a imaginarnos que el agua es salada y que tal vez algún día, ahí nacerán nuestros hijos, esos que tal vez nunca tendremos. Después de todo, he venido aquí a parir y no a soñar.

Tina ha muerto hace dos días asqueada por la podredumbre de los gusanos que se comieron su cabeza. No he encontrado otro motivo para sentir su muerte, que aceptar que aquí todo está mal. Estar lejos de casa y el inconstante presente, aturden los primeros días de este verano ignorado. Tina ha muerto, jamás podrá ir al rio y por tanto, jamás podrá decir que no te amo.

Es la mañana de un día de lluvia, el mundo parece perfecto para huir sin dejar rastro. Estamos siendo testigos de la estela perdida al destino perfecto. 

Vamos al rio, Tina ha muerto, allá todo podría cambiar..

martes, 28 de febrero de 2012

La eterna parranda



Si un detective le preguntara a Alberto Salcedo sobre su versión de los hechos, es probable que se terminen intercambiando papeles y el entrevistado se convierta en el detective que interroga y luego resuelve el caso.

“El mejor cronista de Colombia”, como es llamado últimamente en los principales medios nacionales y entre los expertos, nació en Barranquilla hace ya casi 50 años, donde creció surfeando olas en los tradicionales arroyos de esta ciudad, tirando bolsitas de agua y maicena en carnavales y juagando bolita uñita con sus amigos de la cuadra. Normal.

Más adelante se volvió periodista y en proceso de reportar e informar, descubrió que era mucho más cercano a esa verdad suya, propia, la de narrar convenientemente una historia, lo cual, irónicamente, la hace mucho más honesta y fácil de digerir. Fue así como se convirtió en el contador de historias más famoso del país, contando verdades subjetivas, que tal vez son la única verdad operativa en el género de la crónica.

“La Eterna Parranda”, su último libro, lanzado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, el cual cuenta con 27 crónicas divididas en 4 capítulos que exponen el trabajo de Salcedo de los últimos 14 años. Rapidamente “La Eterna Parranda” se convirtió en un best seller nacional, y sus historias sobre caciques, boxeadores, escritores, futbolistas y árbitros, recorren la imaginación de todos los lectores de su libro. Las increibles historias de estos personajes acompañan el recorrido de la vida del país en las últimas décadas, son sus protagonistas míticos, y ahora, contados por Salcedo, íconos de nuestro patrimonio inmaterial. “La Eterna Parranda” es un retrato casi perfecto de una realidad fotocopiada en las palabras de este escritor costeño.

jueves, 26 de enero de 2012

Walking in line

I

La nevada



“1:12 Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová.” Libro de Job.

Y eso hizo Satanás, intervino en forma de inconvenientes en la vida de este hombre que hasta llevado por la carne abierta de una lepra apestosa siguió creyendo y decidió vivir. 

“¿morir ahora o morir después?”

Lo que se sabe claramente es que este cuestionamiento no responde a preocupaciones sobre drogas, ni excentricidades. No moriré de sobredosis (aunque podría), ni me prepararé espiritualmente para el fin del mundo. Tal vez lo que se quiere es saber si se aspira a ver cómo llega todo poco a poco, ver el mar todos los días, o viajar a dedo por el mundo, o comer todo sin pensar en consecuencias, o estar con pocos y solo aquellos de los que aún se tiene que aprender. El creer, en contra de todo pronóstico, que todo tiempo presente, más que futuro, es mejor, siempre mejor.

Es en esos momentos cuando recuerdo a Tina, en contraluz y con su andar galopante. Recuerdo su pelo sobre su cara y cuando con un ligero movimiento lo devolvía a sus orejas. Caminaba como quien se sabe observada. Yo la observaba.

Llegaba a mi mesa y me sonreía con esa sonrisa que me hablaba de un dolor palpitante y el cual me devolvía la empatía arrebatada por la crudeza de aquella ciudad distante. El invierno se acercaba y los árboles desnudos me narraban la historia de la soledad del frio, mientras Tina me recomendaba infusiones de jengibre que me envolvían a la tibieza de sus labios. Era como estar en casa.

“Un cortado  y una media luna” era mí pedido habitual y ella me llamaba por mi nombre y hacia un chiste sobre el clima. Entonces, daba media vuelta y volvía a su vida y yo me quedaba en la suya solo porque si y sin ningún motivo en especial, como todo y como siempre.

Ser un superhéroe requiere tener muchas más cicatrices que las que yo podría tener y mucho más coraje del que puedan tener mis palabras. Es por eso que éstas, seguirán siendo escritas en primera y con todas las bases llenas, nada de escritura peligrosa por las calles, nada de arriesgarme a no usar el corrector de ortografía, nada de seguir recomendaciones de Bolaños, esas eran otras épocas.

Pero ahí estaba Tina, con sus manos suaves sirviendo mi café, en sus tacones cuadrados de noche y sus pantalones ajustados que dejaban ver sus talones delgados. En su delantal dejaba asomar a veces el libro de turno. Fue así como descubrí que Tina sueña. Sueña con otra vida, con otras cosas, con otra gente y con otra ella. Alejada de propinas y de novios fugaces. Sueña con esa vida que parece de otra vida, y así. 

Me acerco a su mirada cada vez que puedo y le grito en silencio que podría ser mi amiga, tal vez en mi afán de lucha por “Regresar al Desierto” y regresar ahí, donde la verdad se esconde en el origen, en la luna y en ser mujer.

Y fue en este día de hojas marrones, que Tina por primera vez regresó con mi pedido y opinó sobre mi cuaderno de bordes dorados repleto de esquelas y envolturas de chocolate. Me dijo: “Yo tengo uno igual, no logro botar los recuerdos de mis cuadernos” y se rió sola de un chiste interno que sentí como mío, pero preferí callar. “¿A qué hora sales?” le dije y me respondió que a las 4. Le dije que fuéramos a cine y me dijo que era una buena idea porque había un par de pelis que moría por ver. Y así fue, fuimos a cine y nos vimos dos pelis y en la noche cuando salíamos cayó la primera nevada sobre nosotras y entramos en el trance de la nostalgia y el invierno.

Había tanto por decir tan entendido y por tanto, no dicho, que cuando llegó el momento de decir adiós ya había pasado el momento y solo me quedo por decir: “gracias por todo” y dar la media vuelta para volver a mi vida, “los hombres que no aman a las mujeres” y todos esos clichés de la moda fría, nórdica e “indie”. 

Tina lo había tenido todo en otra vida, era una chica de ciudad costera, hija única de un matrimonio separados por el cambio de milenio, que acostumbrada a conseguir todo por medio de la manipulación de una anorexia latente, había quedado suspendida en sus 15 años hasta ya entrada los 20’s. Su adinerada familia le daba todo lo que quería y su deseo fue vivirlo todo lejos de ellos y afortunada o desafortunadamente, encontró el todo en la noche de aquella capital novedosa, a kilómetros de su mar de origen y los nuevos amigos que llegaban con la efervescencia de la luna y se disipaban con los primeros pechiches del sol.

Sus ojos adolescentes no dieron para los retos  de la adultez y poco a poco se sintió envejecida en un estilo de vida que distaba de la vida que se había imaginado en los sueños de aquellos libros leídos y las películas rosas, o los vislumbrados en sus viajes a Miami o aquella vez que había ido a Paris con su mamá. 

Se encerró en la burbuja de la cual solo salió cuando encontró a Manuel, una tarde de verano mientras esperaba el tren para volver a casa. “Manuel…” me dijo con ese acento azucarado, mientras prendía un cigarro esperando fuera de cine por la primera película. “Manuel fue mi primera lección… una lección deliciosa eso sí” Y si, con aquel que no fue su primer amante, pero si el primero en romperle el corazón y dejárselo abierto me explico: “Fue la época en la que entendí que creer que todos los hombres eran como papá era solo una ilusión”.

A Manuel le gustaba la coca y a Tina le gustaba Manuel y luego se enamoró de ambos y como todas esas historias donde no hay sueños ni alimentos, la desnudez dejo de ser suficiente y en cambio se transformó en eso que ella llamo desde entonces “romanticismo emo”. Se oscureció su mundo rosa y se quedó a vivir en este otro donde las formas se ven con gafas para reconocer los contrastes del sol y las mañanas son un punto ciego para el observador.

“Manuel, Manuel, Manuel.”

Mientras caminaba a casa envuelta en el exceso de ropa tan ajeno a mi origen pensé en los ojos dulces de Tina y en el retumbar asfixiante de sus caderas. La luz del farol anunciaba entre sombras la pequeña llovizna que daba fin a la nieve.

Abrí la puerta y ahí estabas tú. Me recibiste en tus brazos y me besaste la frente. Metí mis manos en tu suéter y te dije bajito: “El individualismo corrompe, ¿sabías?, te amo”. Tú me creíste.

martes, 17 de enero de 2012

Love Letter

"June 17, 1784 

My letters will have shown you how lovely I am. I don't dine at Court, I see few people, and take my walks alone, and at every beautiful spot I wish you were there. 
I can't help loving you more than is good for me; I shall feel all the happier when I see you again. I am always conscious of my nearness to you, your presence never leaves me. In you I have a measure for every woman, for everyone; in your love a measure for all that is to be. Not in the sense that the rest of the world seems obscure tome, on the contrary, your love makes it clear; I see quite clearly what men are like and what they plan, wish, do and enjoy; I don't grudge them what they have, and comparing is a secret joy to me, possessing as I do such an imperishable treasure. 
You in your household must feel as I often do in my affairs; we often don't notice objects simply because we don't choose to look at them, but things acquire an interest as soon as we see clearly the way they are related to each other. For we always like to join in, and the good man takes pleasure in arranging, putting in order and furthering the right and its peaceful rule. Adieu, you whom I love a thousand times."

From Johann Wolfgang von Goethe to Charlotte von Stein